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Elvira Ruiz López fue una fotógrafa andaluza de notable éxito. Una retratista consumada que destacó especialmente en el ámbito de la iluminación, pero que también salió del estudio para realizar postales e imágenes de un carácter más documental, cuyo arte y profesionalidad fueron premiados por la revista Kodak.
Elvira Ruiz López, Autorretrato, h. 1926. Colección Elvira Padillo.
Elvira Ruiz López nació el 14 de agosto de 1904 en la localidad cordobesa de Cabra en el seno de una familia dedicada a la carpintería y a la fotografía, profesión en la que se inició su tío Venancio Ruiz hacia 1880, convirtiéndose en uno de los primeros retratistas de la comarca. Dos décadas más tarde, a partir de 1900, formó a Rafael Ruiz Romero, su hermano y padre de Elvira, quien dirigió el negocio familiar ubicado en la calle Juan Valera durante más de treinta años. De esta manera, fue en dicho estudio donde creció Elvira Ruiz, rodeada de focos y de cámaras, y donde descubrió su pasión por la fotografía. Con solo seis o siete años, la autora ya acompañaba a su padre y colaboraba en las labores que este le asignaba dentro del proceso de creación, lo cual, unido a unas cualidades artísticas innatas, hizo que con apenas quince años dominara la técnica fotográfica y que Rafael Ruiz la alentara y acogiera en su espacio profesional.
Así, a los veinte años, Elvira Ruiz era ya una retratista consumada, que realizaba las tomas, pero también se encargaba de las labores de fijación, retoque, revelado, iluminación y enmarcación de las fotografías, por lo que su padre le impulsó a firmar sus trabajos con su propio sello de Foto Elvira.
El género del retrato fue el más prolífico en su trayectoria y en el que logró la máxima expresión de su trabajo, pero la curiosidad que caracterizaba a Elvira Ruiz también le llevó a salir del estudio, con el propósito de documentar todo tipo de acontecimientos y festividades de la localidad, mostrando un especial interés por la Semana Santa. Asimismo, durante un tiempo, en su negocio trabajaron las tarjetas postales, por lo que también realizó fotografía de paisaje para reproducir los lugares más pintorescos de la zona. Por otro lado, hay que señalar que es en su álbum familiar de juventud donde encontramos sus fotografías más originales, con las que conforma un retrato de la juventud andaluza de su tiempo caracterizado por el naturalismo y una sencillez casi naíf. Además, aunque se desconoce si las imágenes fueron publicadas en algún medio informativo, durante los años de la guerra civil la autora documentó desfiles, misas de campaña y distintos eventos organizados por las tropas nacionales en el municipio de la Subbética cordobesa.
Pero su hábitat natural era el estudio, al que acudían las gentes de toda la comarca a retratarse con sus mejores galas. En las fechas más señaladas, como Semana Santa, Navidad, el día de la Virgen de la Sierra, San Juan, etc., era cuando se concentraba la mayor parte del trabajo, hasta tal punto que en ocasiones era necesario organizar a la clientela por turnos. Además, también era la fotógrafa quien se encargaba de preparar el atrezo, ultimar el vestuario y retocar a los modelos antes de retratarlos. En aquella época triunfó la moda de iluminar las imágenes tras la toma, un proceso lento y costoso que convertía cada copia en una fotografía única, en el que Elvira Ruiz destacó especialmente.
La calidad de su trabajo quedó refrendada con la consecución del primer premio de la revista Kodak que obtuvo en 1930 con la imagen titulada El huerfanito, añadiendo una faceta más a su rico perfil fotográfico. Con el tiempo, su padre continuó cediéndole espacios en el negocio familiar, hasta que Elvira Ruiz asumió por completo la dirección del estudio. Así, durante más de sesenta años, desarrolló una sacrificada trayectoria profesional que la convirtió en una fotógrafa de éxito tanto en Cabra como en los alrededores, labor que compaginó con la vida familiar, pues fue madre de dos hijos, Rafael y Elvira.
Elvira Ruiz falleció en 1996, a los 92 años, tras una dilatada carrera fotográfica que le permitió vivir holgadamente y formar a varias generaciones de profesionales egabrenses (como los Medina, Moreno, González Meneses, Manuel Rascón…), dejando una colección de instantáneas que son reflejo de su arte y profesionalidad.
MAE, Blanca Torralba Gállego, marzo 2021
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“Elvira Ruiz, Memoria Fotográfica”, http://elmarginador.blogspot.com/2017/11/elvira-ruiz-memoria-fotografica.html, (conslta: 25-03-2021). GONZÁLEZ PÉREZ, A. J., Andaluzas tras la cámara. Fotógrafas en Andalucía 1844-1939, Sevilla, Junta de Andalucía, Centro Andaluz de la Fotografía, 2021. MELLADO MORENO, M., “Elvira Ruiz López”, https://www.cabraenelrecuerdo.com/f-elvira.php, (consulta: 25-03-2021). |
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Durante su juventud en Budapest, conoció el surrealismo y otras corrietes vanguardistas y se inició en la técnica del fotomontaje. En 1931 se trasladó al Berlin, donde trabajó como reportera y entró en el círculo de Bertold Brecht y la Bauhaus. En París, se inició como fotógrafa y realizó sus primeros reportajes para Agence Photo Anglo Continental. En nuestro país es especialmente conocida por su labor como reportera de guerra durante la Guerra Civil.Tras la contienda, se exilió en México, donde compaginó la colaboración con numerosas revistas con la docencia en la Universidad Iberoamericana.
Su nombre de soltera era Katy Blau. Nació en Szilasbalás, ciudad cercana Budapest, en el seno de una familia judía acomodada. Asistió a las tertulias del Corona Café y conoció el surrealismo y otras corrientes vanguardistas a través de Lajos Kassák,László Moholy-Nagy, Rudolph Balogh, Karoly Escher, Nándor Bárany y Olga Máté, algunos de los cuales fueron protagonistas dl almanaque de Pároli Rosmar titulado Photographie Hongroise. Gracias a estos primeros contactos, se inició en la técnica del fotomontaje. En 1931 se trasladó al Berlín de la República de Weimar, donde entró en el círculo de Bertold Brecht y la Bauhaus y donde se inició además como reportera en la agencia Dephost. En 1933 regresa a Budapest, debido a la subida de Hitler al poder. Allí se compró su primera cámara fotográfica y asistió a un curso impartido por el fotógrafo Joseph Pecsi, en el cual coincidió con un amigo de la infancia, Robert Capa. Ese mismo año ambos se trasladarían a París, donde trabajaron en la Agencia Dephot. Asimismo, en la capital francesa Horna realizó sus primeros reportajes para Agence Photo Anglo Continental sobre “El mercado de las pulgas” (1933) y “Los cafés de Paris” (1934).
Sin embargo, por lo que es más conocida en nuestro país es por su labor como reportera de guerra durante la Guerra Civil. En marzo de 1937 llegó a Barcelona por encargo del Ministerio de Asuntos Expteriores para el cual creó un álbum de fogorafías para la Confederación Nacional del Trabajo de la Federación Anarquista Ibérica (CNT-FAI). Tras permanecer en la capital catalana, fotografió también los frentes del Monte Carrascal, Monte de Aragón y Teruel. A diferencia de a Gerda Taro, a Horna le interesó más la retaguardia y la vida cotidiana de las tropas y del pueblo español. Posteriormente se desplazó a València, donde trabajo para las revistas Libre-Studio y Umbral. En esta última fue directora gráfica y conoció al que sería su marido, el pintor andaluz José Horna. También entraría en contacto con la conocida como “generación valenciana de los 30”, en el que encontramos nombres como Josep Renau, Manuela Ballester, Manuel Monleón, Arturo Ballester, José Bardasano y Juan Borrás Casanova.
Tras la contienda, se exilió en México, donde mantuvo contacto con el núcleo de surrealistas europeos. Su producción se acercaría a partir de este momento a la estética del movimiento de André Breton ―realizó fotomontajes, collages y fotografías―, pero ella nunca se etiquetó como surrealista. Asimismo, Horna compaginó la colaboración con numerosas revistas mexicanas como reportera gráfica con la docencia en la Universidad Iberoamericana, donde impartía clases de fotografía, y en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de México. Falleció en Ciudad de México el 2000, a los 88 años de edad.
MAE, Clara Solbes Borja, actualizada 2024. DOI: 10.26754/mae1803_1945
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Gaitán Salinas, Carmen. Las artistas del exilio republicano español. El refugio latinoamericano. Madrid, Cátedra, 2019. García, Manuel. Memorias de posguerra. Diálogos con la cultura del exilio (1939-1975). Valencia: Publicacions de la Universitat de València, 2014. Otayek, Michel. “Del reportaje periodístico a la rebelión contra el arte: las vidas múltiples de “El iluminado” de Kati Horna,” en Elena Rosauro y Juanita Solano (eds.), Lámpara de mil bujías: fotografía y arte en América Latina desde 1839, Barcelona: Editorial Foc, 2018, pp. 390-429. Otayek, Michel. “Loss and Renewal: The Politics and Poetics of Kati Horna’s Photo Stories,” en Christina de León, Michel Otayek y Gabriela Rangel (coms.), Told and Untold: The Photo Stories of Kati Horna in the Illustrated Press, New York/ Ciudad de México, Americas Society/Archivo Privado de Foto y Gráfica Kati and José Horna S.C., 2017, pp. 20-39.
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Pelizzon, Lisa. Kati Horna: Constelaciones de sentido. Barcelona: Sans Soleil, 2014. Rubio Pérez, Almudena, “Las cajas de Ámsterdam”: Kati Horna y los anarquistas de la CNT-FAI, Historia Social, Nº 96, 2020, pp. 21-39. Tejeda, Isabel y Folch, María Jesús. A contratiempo. Medio siglo de artistas valencianas (1929-1980). Valencia, IVAM, 2018. Sánchez-Mejorada, Alicia. Katy Horna y su manera cotidiana de captar la realidad. México D.F., Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, 2004. Libro electrónico: http://cenidiap.net/biblioteca/addendas/2NE-10-Kati_Horna.pdf [Consultado el 1-7-2019] |
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Madrid, 1867 – 1946
Pintora, participó en varias exposiciones nacionales de Bellas Artes entre 1887 y 1895, era discípula de Juan Llanos, de José Benlliure y de Joaquín Sorolla.
El patio de un parador, 1887. Óleo sobre lienzo. Museo Nacional del Prado, Madrid
La producción de Elena Brockmann de Llanos se enmarca en las últimas décadas del siglo XIX y la primera mitad del siglo posterior. Brockmann de Llanos nació en Madrid en 1867 y procedía de una familia perteneciente a la alta sociedad madrileña. En su hogar imperaba la cultura, pues su madre era descendiente de escritores y novelistas, mientras el padre se dedicó a la ingeniería. Su formación académica fue temprana en la prestigiosa Academia de Bellas Artes de San Fernando, institución donde fue alumna y logró matricularse en clases de dibujo del natural; una práctica vetada y desconsiderada en el imaginario de la época si era ejecutada por las mujeres artistas. Tras su formación en la capital española, prosiguió su andadura formativa en Roma, junto a pintores valencianos como Mariano Benlliure y Joaquín Sorolla.
Elena Brockmann cultivó la temática costumbrista, el bodegón y géneros mayores. A lo largo del siglo XIX, algunas mujeres se adentraron en géneros pictóricos considerados masculinos, como es el caso de la pintora madrileña. Las mujeres que se dedicaron a las artes plásticas en este periodo solían estar relegadas a géneros menores, como la naturaleza muerta, pero Elena Brockmann superó esas barreras y restricciones sociales y pintó géneros mayores, como el de historia. Además de los géneros mencionados, también se interesó por el retrato, siendo ejemplo de ello el dedicado a su abuela Fanny Keats en 1890, albergado en Guildhall Art Gallery de Londres y donde se evidencian sus dotes para captar las cualidades tanto físicas como psicológicas.
Brockmann de Llanos presentó obras en exposiciones de gran importancia, concurriendo asiduamente en certámenes y exposiciones como la Exposición Nacional de 1857 -donde fue premiada con la mención de honor-, la Exposición Nacional 1887 -donde presentó tres obras, El patio de un parador, La vuelta de la caza y La Chochara-, o la celebrada en 1892, fecha en que obtuvo la tercera medalla por el lienzo Paso de una procesión por el claustro de San Juan de los Reyes, Toledo. Este óleo sobre lienzo forma parte de la colección del Museo Nacional del Prado y en ella despliega un gran número de figuras humanas dentro de un marco arquitectónico gótico. La pintura fue premiada y adquirida por el Estado y llegó a exhibirse en Estado Unidos en 1893, en el Pabellón de la Mujer de la Exposición de Chicago. El género de historia se ejemplifica en la pintura Felipe II recibe la noticia de la pérdida de la Armada Invencible, exhibida en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1895. La obra se encuentra en el National Museum of Women in the Arts, Washington y remite a la poderosa dinastía de los Austrias en un momento de debilidad, inmortalizando el instante en que el rey es informado acerca de la derrota de su flota naval por parte de los británicos.
Sus obras obtuvieron una opinión positiva por parte de la crítica. No obstante, el número de obras adquiridas por el Estado fue muy reducido y da lugar a una presencia escasa de sus obras en las instituciones públicas. Elena Brockmann falleció en su ciudad natal a la edad de 81 años, en 1946, y su legado artístico se hizo extensible al desarrollo de una carrera que fue más allá de los convencionalismos asociados a su género femenino.
MAE, Javier Martínez Fernández, mayo 2021.
El patio de un parador. 1887. Pintura (150 x 300 cm). Paradero desconocido.
La vuelta de la caza. 1887. Pintura (100 x 150 cm). Paradero desconocido.
Chochara. 1887. Pintura (85 x 57 cm). Paradero desconocido.
Paso de una procesión por el claustro de San Juan de los Reyes, Toledo. 1892. Pintura (248 x 180 cm). Paradero desconocido.
Felipe II recibiendo la noticia de la pérdida de la escuadra La Invencible. 1892. Pintura (260 x 300 cm). Paradero desconocido.
Exposición Nacional de Bellas Artes, Madrid, 1887.
Exposición Nacional de Bellas Artes, Madrid, 1892.
Exposición Nacional de Bellas Artes, Madrid, 1895.
Catálogo de la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1887, p. 39.
Catálogo de la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1892, p. 34.
Catálogo de la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1895, p. 35.
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Enmarcada en el Realismo pictórico, Rosa Bonheur fue una de las pintoras más famosas del siglo XIX. Dedicó gran parte de su vida a pintar de manera fiel y realista el entorno rural, tema del que se especializó.
El Cid, 1879. Óleo sobre lienzo. Museo Nacional del Prado, Madrid
Enmarcada en el Realismo pictórico, Rosa Bonheur fue una de las pintoras más famosas del siglo XIX. Nació en la ciudad francesa de Burdeos el 18 de marzo de 1822 y dedicó gran parte de su vida a pintar de manera fiel y realista el entorno rural, tema del que se especializó. Sus inquietudes artísticas procedían del contexto familiar, pues su padre, Raymond Bonheur, era pintor, y tanto él como Léon Cogniet se involucraron en su formación artística. Sus obras formaron parte del circuito expositivo de los salones parisinos y obtuvo reconocimiento en forma de medalla en distintas ediciones, como la tercera medalla en 1845 y la primera medalla tres años más tarde, en 1848.
Bonheur se especializó en el género animalière y se hizo un hueco importante entre sus colegas gracias a la pintura de animales. Caballos, vacas, ciervos y un largo etcétera conforman la mayoría de su producción artística. Mientras artistas como Gustave Courbet o Jean-François Millet colocaron la atención en los estratos sociales más humildes, entre ellos el campesinado, Bonheur dignificó la figura del animal con un gran detallismo en sus obras. La pintora francesa acudía asiduamente a ferias y mataderos, solicitando previamente un permiso nacional de travestismo que le permitiera ponerse los pantalones, una prenda exclusiva para los varones. De esta manera lograba pasar desapercibida en un contexto protagonizado por los hombres y de manera directa tomaba los apuntes pertinentes para, posteriormente, trasladarlos al óleo. Dicha práctica no debe confundirse con su orientación sexual lésbica, ya que sus intenciones fueron meramente artísticas. No obstante, convivió durante cuatro años con Nathalie Micas y, tras su fallecimiento, compartió sus últimos años de vida con la artista estadounidense Anna Klumpke.
A pesar de sus dotes como ilustradora y escultora, Rosa Bonheur destacó por sus pinturas, alcanzando una fama y prestigio que le permitieron acumular una pequeña fortuna y asentarse en una localidad campestre cercana a la capital francesa. Allí, en el Château de By, rodeada de animales, elaboró centenares de obras que le proporcionaron éxito y popularidad, llegando a formar parte de las colecciones privadas de personalidades de la aristocracia inglesa, como es el caso de la reina Victoria de Inglaterra, quien encomendó numerosos encargos a la artista y de quien se convirtió en su protegida.
Uno de los animales que Bonheur inmortalizó fue el felino. Fue a raíz de la guerra franco-prusiana cuando se centró en los leones, como demuestra la pintura que alberga el Museo Nacional del Prado titulada El Cid, datado en 1879. La institución cuenta con este óleo a raíz de una donación por parte del marchante Ernest Gambart, cónsul de España en Niza, y estuvo en los depósitos durante décadas. El felino fue un animal muy recurrente entre los románticos, quienes vieron en él los impulsos propios de la naturaleza, lo irracional y lo instintivo. En el león, Bonheur quiso reconocer la poderosa nobleza que posee el rey del mundo animal. El texto de Charles Darwin, La expresión de las emociones en el hombre y en los animales, publicado en 1872, precede a esta pintura y pudo motivar, en cierta manera, a la realización de la pintura, como apuntan autores como Carlos Reyero. La pintura retrata un león africano y fue exhibido en la exposición La mirada del otro: escenarios para la diferencia, comisariada por Carlos G. Navarro y Álvaro Perdices en el prestigioso museo madrileño. La anécdota que envuelve la historia reciente del cuadro se encuentra en las redes sociales, ya que, una vez retirado de la exposición temporal, la presión social ejerció un rol trascendental mediante el hastag #unarosaparaelprado, reclamando mediante la plataforma Twitter su exposición permanente y que se vio logrado.
Rosa Bonheur obtuvo distinciones honoríficas como la gran cruz de la Legión de Honor francesa y fue comendadora de la orden de Isabel la Católica y de Leopoldo de Bélgica. En su obra puede apreciarse una evolución que parte de un cierto academicismo inicial hacia un lenguaje plástico de carácter impresionista en sus lienzos finales. El 25 de mayo de 1899 falleció en Thomery, dejando un legado de obras que pueden verse en museos de talla mundial como el Musée d’Orsay, en París, y logrando ser la artista del siglo XIX que obtuvo mayor reconocimiento académico y una buena opinión por parte de la crítica decimonónica.
MAE, Javier Martínez Fernández, mayo 2021
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https://www.museodelprado.es/coleccion/artista/bonheur-rosa/13bfc4ed-9db0-42cb-acff-28a216bc53f8 https://www.museodelprado.es/coleccion/obra-de-arte/el-cid/19984271-9cb6-476d-8655-f012e1fec1bf NAVARRO, Carlos y PERDICES, Álvaro (ed.). La mirada del otro: escenarios para la diferencia. Madrid, Museo Nacional del Prado, 2017. NAVARRO, Carlos. Invitadas. Fragmentos sobre mujeres, ideología y artes plásticas en España (1833-1931). Madrid, Museo Nacional del Prado, 2020. JANSON, Horst W y ROSENBLUM, Robert. El arte del siglo XIX. Madrid, Akal, 1992. MAYAYO, Patricia. Historias de mujeres, historias del arte (4ª ed.). Madrid, Ediciones Cátedra, 2011. |
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Allegheny, Estados Unidos, 1844 – Le Mesnil-Théribus, Francia, 1926
Pintora de origen estadounidense que desarrolló su andadura artística en Francia, donde se instaló en 1866. A su llegada a París se convirtió en discípula de Edgar Degas, uno de los artistas más importantes de la segunda mitad del siglo XIX europeo. Además, fue en la capital francesa donde su obra comenzó a exhibirse de manera periódica, ya que expuso junto a los impresionistas.
Mujer joven cosiendo, 1900. Óleo sobre lienzo. The Metropolitan Museum of Art, Nueva York
Mary Stevenson Cassatt nació el 22 de mayo de 1844 en Allegheny, Estados Unidos. Hija de un enriquecido negociante de Filadelfia, decidió cursar sus estudios en la Pennsylvania Academy. No obstante, su andadura artística se desarrolló en Francia, país donde decidió instalarse en 1866. A su llegada a París se convirtió en discípula de Edgar Degas, uno de los artistas más importantes de la segunda mitad del siglo XIX europeo. Además, fue en la capital francesa donde su obra comenzó a exhibirse de manera periódica, ya que expuso junto a los impresionistas en diferentes ocasiones. Un grupo de pintores que encarnaban la modernidad y la vanguardia plástica.
Si los varones inmortalizaban mayoritariamente escenas pertenecientes al ocio parisino, Mary Cassatt derivó su atención hacia el espacio privado. En la época victoriana se consolidó el ideal burgués de la feminidad y la mujer debía ser modesta, recatada y recluida en una atmósfera apacible en su entorno familiar. Un “ángel del hogar” que debía ocuparse de las tareas domésticas y del cuidado de los hijos. Estas esferas separadas fueron plasmadas por artistas como Mary Cassatt o Berthe Morisot, demostrando en forma de imagen el vínculo maternal en sus obras pictóricas.
La temática de la maternidad es un buen ejemplo de estos espacios privados. A través de un estilo impresionista adoptado a su llegada a París, ejecutó pinturas con una pincelada suelta y enérgica donde las madres aparecen junto a sus hijos o hijas, en respuesta al imaginario colectivo de la época. Entre estas pinturas pueden citarse Madre e hijo, Madre e hija, o El baño, esta última de clara influencia de la estampa japonesa por su formato vertical y el uso de una perspectiva elevada. Albergadas en The Metropolitan Museum of Art de Nueva York, Cassatt subraya la unión madre-hijo/a evocando a la tipología clásica de la Madonna con el Niño. Una especie de ángel custodio donde recursos como el espejo actúan como halo en la cabeza de los representados y evocan un aroma de protección maternal-espiritual.
No solo la maternidad se convirtió en objeto de estudio para Cassatt, pues acudió a tareas propias del hogar como el cosido de prendas, siendo ejemplo Madre joven cosiendo, donde la mujer aparece practicando una labor doméstica que se remonta a mitos, leyendas y novelas homéricas a través de la figura de Penélope, quien permaneció en su hogar cosiendo mientras esperaba el retorno de Ulises. Asimismo, Mary Cassatt también inmortalizó a aquellas mujeres pertenecientes a las clases altas protagonizando escenas cotidianas como tomar el té, como evidencian las pinturas Copa de té, Dama en la mesa del té o El té. Obras donde su propia hermana, Lydia Cassatt, posó de modelo en diversas ocasiones. Mary Cassatt también dedicó obras al espacio público, como la ópera de París mediante obras como En el palco, de 1878.
La pintora estadounidense ejecutó sus obras en óleo, pero también sintió gran admiración por la estampa japonesa y fruto de ese interés se manifiesta en su producción litográfica, realizando grabados como La carta. Una serie de estampas que pertenece a su producción de grabados y que fue exhibida por primera vez en una exposición independiente en la famosa galería de Paul Durand-Ruel en 1891. Debido a su condición de discípula de Edgar Degas, además, también ejecutó un buen número de pinturas mediante el pastel en sus últimos trabajos.
Mary Cassatt se convirtió en la mejor embajadora del Impresionismo en Estados Unidos y coleccionistas como los Palmer, los Ryerson o los Havemeyer adquirieron parte de su producción. Sus dotes como pintora se extienden a la pintura de bodegón, ampliando de este modo su abanico de posibilidades pictóricas. Mary Cassatt falleció el 14 de junio de 1926 en Le Mesnil-Théribus, una comuna francesa al norte de París.
MAE, Javier Martínez Fernández, mayo 2021
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BAYLE, Françoise. Comprendre la peinture au museée d’Orsay. París, Musée d’Orsay, 2019. MAYAYO, Patricia. Historias de mujeres, historias del arte (4ª ed.). Madrid, Ediciones Cátedra, 2011. JANSON, Horst W y ROSENBLUM, Robert. El arte del siglo XIX. Madrid, Akal, 1992.
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La página solicitada no pudo encontrarse. Trate de perfeccionar su búsqueda o utilice la navegación para localizar la entrada.